—Ahí está—gritó el viejo haciendo fuego sobre un sujeto imaginario.

Los tertulianos, con el patrón a la cabeza, se acercaron.

—¿Pegó?

—¡Seguro que pegué!... Puay no más debe estar...

—¡Ni plumas de comadreja!... ¡Sandalio ya no tiene ni vista ni puntería!—expresó irónicamente don Fidel.

Y Sandalio, con ironía:

—¡Pasencia!... Cuando se tiran dos tiros al mesmo tiempo, no se pueden acertar los dos...

En ese mismo momento llegó hasta el galpón el estampido de un tiro que parecía venir de la valla de eucaliptus. Todos corrieron hacia allá y se encontraron con un cuadro tan inesperado como desconcertante.

Virginio, hincada en tierra una rodilla, sostenía entre sus brazos el cuerpo inanimado de Chita, todo bañado en sangre. A unos pasos de allí, recostada a un eucaliptu, Felisa, cuyo rostro expresaba contento feroz, tenía en su mano la escopeta, humeante aún.

Don Fidel y Sandalio se abalanzaron al mismo tiempo sobre la joven moribunda. Pero el capataz llegó primero y la arrancó de los brazos de Virginio, y besándola frenéticamente, exclamó: