—¡Hija mía!... ¡Adorada hija mía!...

El estanciero detuvo el movimiento de sus brazos. Se replegó sobre sí mismo y con una voz tan amarga cual si le hubiesen reventado en la garganta una vejiga de hiel, díjole:

—¡Ah! ¡Tu hija!... ¿Te denunciás al final, traidor de amigos, ladrón de honras?...

Y con un gesto rápido, sacó el revólver, lo aplicó a la frente de Sandalio y le hizo saltar los sesos.


FLOR DE BASURERO

Ana y el viejo cuzco «Cachila» hallábanse de tal modo habituados a insultos y aporreos, que cuando éstos escaseaban sentíanse inquietos temiendo alguna crueldad extraordinaria.

Ana, hija de una de esas almas de fango del suburbio aldeano, había sido recogida por la familia del estanciero don Andrés Aldama y fué a aumentar el número de los numerosos «güachos» criados en el establecimiento.

Como los durazneros, producto de carozos que germinan en los basureros donde fueron arrojados junto con los demás desperdicios de cosas que causaron placer, como esos hijos del desprecio engendrados al azar, Ana hubiera crecido en medio de la indiferencia de todos.

Y así fué durante ocho o diez años. Baja, flacucha, de cara menuda y siempre pálida, crecía igual que las plantas aludidas, sufriendo la ausencia de todo cultivo, nutriéndose con los escasos jugos que les deja la voracidad de los yuyos.