Esa carencia de encantos, unida a la constante adustez de su fisonomía, su parquedad de palabra, su actitud siempre huraña y recelosa, justificaban el menosprecio general de la población de la estancia.
—A más de flaca y fiera, en tuavía es más arisca que aguará,—decían de ella los peones; y en injusto castigo por defectos de que no era culpable, la acosaban con sátiras mordaces y con bromas de una grosería brutal casi siempre.
Pero ocurrió que con la llegada de una precoz pubertad se operó en su físico una repentina y radical transformación.
Las piernas de tero y los brazos de alfeñique y el pecho plano adquirieron en pocos tiempos redondeces impresentidas. Y el rostro, aun cuando se conservó flacucho y menudo, se embelleció extraordinariamente, sin perder, al contrario, acentuándose, la expresión, huraña y agresiva.
—Con la pelechada de primavera, la guacha se ha puesto cuasi linda,—expresó un peón.
—Pero sigue siendo dura de boca,—dijo otro.
Con la transformación, en vez de mejorar empeoró la suerte de la muchacha. Los mozos, altamente desdeñados en sus galanteos, redoblaron las groserías de sus injurias; las compañeras que antes la martirizaban por fea y por débil, unieron la envidia al haz de la malquerencia.
Para colmo de las adversidades, doña Sabina, la patrona, se puso a la cabeza de la conjura. Dicha señora, orgullosa, irascible, gobernaba despóticamente en la estancia y todas las voluntades se rendían ante la suya, porque todas sabían que aquella alma egoísta y cruel, era inaccesible, no sólo a la piedad, sino también a las reclamaciones de estricta justicia.
Ana mereció que la patrona la distinguiera con mayor dosis de acritud; y cuando el patrón interponía, tímidamente, su escasa influencia en favor suyo, la señora se contentaba con aumentar la violencia del pellizco o del tirón de las mechas.