Empero, al convertirse en moza apetecible la insignificante chiquilla, la iracunda señora no admitió ya la bondadosa intervención de su débil esposo. Diez años mayor que éste, doña Sabina lo tenía brutalmente esclavizado con sus celos, hasta el punto que el pobre hombre no se atrevía a levantar la vista delante de ninguna mujer, joven o vieja, linda o fea. Y aún así no escapaba al diario diluvio de violentas recriminaciones y de improperios con que lo azotara su consorte.

Desde entonces la más leve falta cometida por Ana era castigada con inaudita severidad y en medio de los más rudos apóstrofes.

—¡Sin vergüenza, arrastrada, flor de basurero!... ¡Andá pedirle ayuda a tu protector, el puerco de mi marido!...

El marido no solamente no volvió a interceder en favor de Ana, sino que esquivaba su presencia y rarísima vez le dirigía la palabra. Precauciones que, por otra parte, en nada hicieron disminuir la furia celosa de su mujer.

El cambio no impresionó,—en apariencia, al menos,—a la huérfana. Su resignación y su humildad se mantuvieron iguales que antes. En apariencia, porque un observador sagaz hubiera advertido en sus ojos ciertos fugitivos destellos de rencor concentrado y de voluntad disimulada.

Una mañana, a raíz de formidable rabieta, doña Sabina cayó fulminada. Su muerte produjo en todos los seres del establecimiento una impresión de alivio, de liberación. La alegría, prescripta durante la tiránica dominación de la harpía, reapareció en la estancia. Hubieron de nuevo cantos y risas y expansiones. Hasta don Andrés sintióse rejuvenecido de diez años. Tras veinte años de esclavitud, experimentaba imperiosa necesidad de amor, de afectos, de caricias. Sus consideraciones y simpatías por Ana se extremaban día a día, hasta el punto de que una vez el viejo capataz don Sandalio le observó respetuosamente:

—¡Tenga cuidao, patrón!... Las piedras de arroyo son refalosas...

El no pudo impedir el rubor y respondió intentando justificarse:

—Lo que yo hago por esa muchacha es de lástima y también porque me remuerde la consensia no haber tenido coraje pa defenderla de las injusticias de la finada.

—¡Tenga cuidao, patrón!—volvió a advertir el viejo.—Las flores de basuras tuitas son venenosas.