Pocas semanas después, el capataz decía en rueda de fogón:
—Maliseo que no v'a pasar un año sin que tengamos nueva patrona; y esta v'a ser pa nosotros diez veces pior que la dijunta, a quien Dios haiga perdonao...
Y así fué. La despreciada y aporreada güachita se instaló en la casa como «patrona». Sin violencias, sin gritos, sonriendo siempre, impuso tales vejámenes y tal abrumador recargo de trabajo a todo el personal de la casa, que uno tras otro tuvieron que marcharse. El patrón, enceguecido por un amor casi senil, justificaba aquella dictadura mansa y suave, para él infinitamente más soportable que la dictadura brutal del sargentón fallecido. Todo lo disculpaba y perdonaba, hasta las continuas infidelidades de su esposa, realizadas sin recato alguno. Con ruegos, con súplicas humillantes, había conseguido salvar a Sandalio, su viejo y honesto servidor. Pero llegó el momento en que la dominadora ordenó su sacrificio. Don Andrés tuvo que ir a comunicarle la sentencia, diciéndole, con los ojos llenos de lágrimas:
—Mi pobre viejo...
—No diga más patrón,—interrumpió don Sandalio;—hace tiempo tengo prontas las maletas y si antes no me juí, jué por no dejarlo a usté de un modo abandonao...
—¡Quién había'e decirme,—gimió don Andrés,—que tuitas mis bondades habían de tener ese pago!...
—Yo se lo dije, patrón y usté no quiso oirme: los duraznos nacidos en el basurero tienen flor linda, pero el fruto siempre es agrio...
P' HACERLO RABIAR AL OTRO
—Me vi' a dir.