—¡Que m' ha de pasar!... Usté lo sabe bien.

—Carculo no más... Yo no he dentrao al rancho 'e tu alma pa saber si la cama está renga.

—No carece dentrar al agua pa saber qu' el arroyo está de nado.

—Sí; cuando se tiene seña. En el paso chico del Auspon, pu' ejemplo, yo sé que cuando l' agua llega al primer ñudo del sauce viejo de la derecha, moja las verijas del mancarrón, y cuando sube hasta la horqueta, baña el lomo... Eso sé, porque lo vide sinfinidad de ocasiones... Pero en tu caso...

—Mi caso es más claro entuavía,—respondió violentamente Trifón. Y echándose sobre los ojos el chambergo, se fué de la enramada.

Silverio, gaucho maduro ya, lo miró partir con lástima, sacudió la cabeza, sacó la tabaquera y mientras armaba un cigarrillo, exclamó:

—¡La gran mucha!... ¡Parece mentira que unas náguas maneen más que unas boleadoras!... ¡Es bicho zonzo el hombre!... Güeno... a sigún. Lo qu' es a mí, cualquier día mi hacen dentrar en corral de ovejas mariandomé con jarabe 'e pico... ¡Mucho tiene que llover pa que gotée el techo de mi rancho!...

Tras el soliloquio, tomó el mate, le dió vuelta a la cebadura, quitó los palos, «encieló» un poco y se puso a cimarronear solo. Siempre había estado solo, él. ¿Por qué?... No lo buscaba, pero siempre ocurría así. A la hora de la comida, o llegaba antes que los otros o llegaba después que los otros, y tenía que comer solo. A la hora del mate pasaba lo mismo. En los trabajos de campo, en las recorridas o en las recogidas, siempre ocurría lo mismo: a él le tocaba quedar solo.

Pero como era muy bueno y muy simple, jamás se preocupó por ello, ni encontró motivo de amarguras. Por lo único que hubiera podido disgustarse era por su afición a «pensiar»; pero por eso mismo lo subsanaba hablando solo continuamente en voz alta lo que le había valido el apodo de «el loco Silverio».

Y a Silverio no le importaba un fósforo todo eso. En realidad, nada le importaba. Para él, lo mismo era una picana de vaquillona que un cogote de novillo, igual un flete escarceador que un matungo tropezador, de esos que van «arrancando macachines» y que a lo mejor se vuelcan «como carreta en ladera». Bebía lo mismo el agua cristalina de la laguna, que el agua pestilencial del estero. Lo único que le repugnaba un poco, eran las mujeres. Pero hay que advertir que él nunca se acercó a ninguna mujer, y menos aún ninguna mujer a él.