Esa tarde, mientras mateaba y venía cayendo la noche, decía:
¡Que pavada 'e muchacho!... Andar de esa laya, tuito descangallao, porque la piona Liberia le dijo que lo quería y aura le dice que no lo quiere!... ¡Me había 'e pasar a mí! Güeno, es verdá que a mí las mujeres m' empalagan mesmo que miel de camoatí...
En ese mismo momento se acercó sigilosamente Liberia, una chinita cuyo cuerpo y cuyo rostro eran la suprema expresión de la lujuria. Con voz dulce dijo:
—¿Siempre solito, Silverio?
—Siempre, m'hijita.
Ella hizo un mohín.
—¡No me llame m'hijita!... Usté no es un viejo.
Ante aquella frase, dicha cariñosamente, Silverio experimentó una sensación extraña.
—Viejo, no;—dijo—pero ya medio tordillo.