—¡Quereme!
Incapaz de reflexión, súbitamente despertado el instinto, Silverio la abrazó con fuerza, exclamando:
—¡Sí, ya t'estuy queriendo!...
En ese mismo momento apareció Trifón. Al ver el cuadro se detuvo indeciso. Luego escupió en el suelo.
—¡Cochina!—dijo y dió media vuelta.
Cuando el otro hubo desaparecido, Liberia se desasió de los brazos del gaucho y rió con estrépito.
El, tartamudeante, rogó:
—¿Nos veremos luego?...
Ella, despreciativa, contestó:
—¿Pa qué?... ¿Si piensa que suy clavel del aire pa vivir pegada a un palo viejo?