Oyóse a poco un crujir de ramas, y de súbito apareció en el playo un mocetón fornido, de tez morena, de simpático rostro. Iba con el sombrero en la mano, sujeto del barboquejo a manera de canasta, pues lo había llenado de frutos de ñangapiré, cubiertos por un gran ramo de margaritas. Ya cerca de la joven, tendió torpemente el brazo, ofreciéndole el ramo.
—Tomá.
Ella lo tomó y respondió contenta:
—¡Qué lindas!... gracias...
Y después, mirando el sombrero:
—¿Qué trais ahí?
Y sin darle tiempo para responder, metió la mano traviesa y tomó un puñado de frutas que llevó golosamente a la boca.
—¡Pitarigas!... ¡Qué lindas! ¿Dónde las ajuntastes?...
El mocetón, con el labio péndulo y la mirada embobada, se quedó mirándola.
—¿No me das esa flor?—dijo de pronto, refiriéndose a la de ceibo que la niña había dejado caer al suelo.