—¡Esa no!—contestó ella con viveza.—¡Es muy ordinaria!... ¡Tomá ésta!—y le ofreció un clavel blanco que llevaba en el pelo. El lo tomó con mano trémula y abrazándola con la mirada suspiró:

—¿De verdá me querés, Clota?

Ella lo miró fijamente, dando una expresión severa a su linda cara morocha y, lanzando una sonora carcajada, dijo:

—¡Qué cara de ternero enfermo que tenés!...

Palideció el gauchito; honda pena anubló su semblante, y entonces ella, acercándose, le echó los brazos al cuello y le dió un beso mordiéndole el labio hasta hacer brotar la sangre...


UN DESHONESTO

Hacía calor, sentí sed y me introduje en el primer bar que se ofreció a mi paso.

Era aquello una cueva larga, estrecha, obscura.