«Me decidí. Realicé mi capitalito y fuí a pedir consejos a mis avisados parientes. El más competente de entre ellos—el más rico,—se expresó de este modo:

—La ciencia del comercio puede concretarse en cinco preceptos: 1.º No tener ningún vicio ostensible; 2.º No dejarse engañar por el vendedor; 3.º Engañar siempre al comprador; 4.º Pagar derechos de aduana solamente por la tercera parte de las mercaderías importadas; 5.º Explotar a los empleados pagándoles lo mínimum y exigiéndoles el máximum de trabajo posible.

«Más sencillo no podía ser. Pero yo era decididamente muy bruto. Creí en la sinceridad y en la honestidad comercial de los vendedores. No supe engañar al cliente; me repugnó el contrabando, pagué con largueza a mis empleados y... ¡claro!... me fundí.

«¡Me fundí!... Mis parientes le dijeron a mi esposa:

—¡Es natural! No sirve para nada.

«Y efectivamente, yo ya no servía para nada. La miseria invadió mi casa; las deudas me estrangularon. En esa situación, los honorables parientes vinieron a mi auxilio: recogieron a mi mujer y a mis hijos. Fueron buenos, no hay que negarlo. Mi mujer zurce los calcetines del marido, arregla los vestidos de su esposa, cuida de los chicos, vigila la servidumbre. Mis hijos... a mis hijos se les cuida para utilizarlos más tarde, conforme al quinto precepto del éxito comercial.

Dolorido, preguntéle:

—¿Y usted?

—¿Yo?—respondió amargamente.—Yo soy un inútil.

Bebió de un sorbo la copa de licor y mirándome con ojos vidriosos, con una mirada opaca de agonizante, agregó: