—¿Crée usted que si yo fuera algo, si hubiera en mí un resto de voluntad, si no me sintiera una pulpa muerta, habría aceptado la sangrienta caridad de mis verdugos?... ¡Yo soy un deshonesto!...
Al decir esto, sus ojos brillaron con rojos resplandores de fiera cautiva; y luego, agobiado por el esfuerzo, dejó caer la cabeza sobre el pecho...
Viejo conocedor de miseria, aproveché su ensimismamiento para alejarme, que colmadas de tristezas propias hállanse mis alforjas.
UN CUENTO
—Don Eulalio, cuente un cuento.
—¿Para qué?... Ya tuitos los que yo sé, los he contao. La bolsa está vacida.
—Invente. No es pa ofenderlo, pero siempre me ha parecido que la mitá de sus rilaciones son cosas que nunca jueron, porque por muchos años que lleve en las maletas y muchas cosas que haiga visto y óido, me parece a mí qu'en ninguna cabeza 'e cristiano se pueda apilar tanta historia.
—¿Te parece a vos?
—Me parece que la calavera es un corral chiquito en el que, ni apeñuscadas, caben tantas ovejas.