Era prudente, frío, calculador.
En la comarca, grandes y chicos, todos conocían la famosa escena con Ana María, la hija del rico hacendado Sandalio Pintos, en la noche de un gran baile dado en la estancia festejando el santo del patrón.
Ana María sentía por Julio aversión y miedo, lo cual no obstaba a que él la persiguiera con fría tenacidad. En la noche de la referencia, ni una sola vez la invitó a bailar, aparentando no preocuparse absolutamente de ella.
Sin embargo, ya cerca de la madrugada, en un momento en que Ana María, saliendo de la sala atravesaba el gran patio de la estancia, yendo hacia la cocina a dar órdenes para que sirvieran el chocolate, Julio le salió al paso y la detuvo.
—¿Qué quiere?... ¡Déjemé!... ¡Ya sabe qu'es inútil que me persiga!... ¡Lleve por otro lao su cariño!...—exclamó con violencia.
Y él, tranquilo, sereno:
—Una palabra, sólo una palabra tengo que decirle.
—Bueno, hable de una vez.
—¿Sigue decidida a no quererme?