—¡Sí!

—Y yo sigo decidido a quererla; y debo decirle, y disculpe la comparancia, que bagual que codiseo, más tarde o más temprano lo agarro. Por más que arisquée, por más que juya, yo sigo campiándolo, y a bola, a lazo o a bala lo hago mío!...

—Eso será con baguales orejanos; yo tengo dueño.

—Que no ha marcao entuavía.

—Marcará.

—¡No, Ana María! Y esto es lo que deseaba decirle: ni este novio que tiene, ni cien que tenga, se casarán con usted. Ya está advertida, puede seguir no más.

Al día siguiente, Darío Luna, el novio de Ana María, apareció ahogado en un arroyito de morondanga, que corría a pocas cuadras de la estancia.

En el intervalo de cinco años, Ana María tuvo tres novios más, y los tres sucumbieron en forma trágica y misteriosa.

En la conciencia pública, Julio Linárez era el autor de las muertes. Pero Julio Linárez, correcto, impecable, altanero, no se dió nunca por aludido y prosiguió sereno y razonablemente su propósito.

Ana María se rindió al fin, y la noche de la boda todos los demás se rindieron también ante el triunfador acallando odios y ocultando envidias.