Todos menos Jacinta López, la hija del principal almacenero del pago, a quien Julio sedujo y abandonó después. Los padres la expulsaron ignominiosamente de la casa y ella se vió obligada a conchabarse de peona en la estancia de Pintos, para ganar su sustento y el de su güachito.

Ella no olvidaba, ella no perdonaba, ella no claudicaba. En el momento culminante de la fiesta Jacinta, desgreñada con el delantal manchado de grasa, con las manos sucias de carbón, penetró en la sala y con el orgullo de quien se sabe superior, exclamó dirigiéndose a la novia:

—Por cobardía te vas a casar con este canalla... ¡Matate antes, que más vale ser difunto bajo tierra que difunto sobre la tierra! ¡Y eso es lo que te espera a tí!...

Julio, a pesar de su sangre fría, empalideció y respondió violentamente:

—¿Quién es usté pa meterse en este asunto?

Y ella rabiosa, rojos los ojos:

—¿Y quién eres tú, miserable? ¿Quién eres tú, dañina ave de presa?...

Linárez, serenándose y sonriendo sarcásticamente respondió:

—Vale más ser ave de presa que ave de gallinero.