—¡Sí! ¡Cuando el ave de presa es águila o cóndor, cuando lucha y mata o es muerto!... ¡Pero tú eres cuervo, carancho, chimango, que te cebas en las carnizas de los animales que otros han muerto!... ¡Vos matás como los estancieros matan los zorros y los caranchos, envenenando con estricnina trozos de carne, pero no matás a tiros y a puñaladas frente a frente, cuerpo a cuerpo, cara a cara!...
Y al decir esto, sacó de debajo del delantal una gran cuchilla y se avalanzó sobre Julio, pero la concurrencia, solícita, la detuvo, la amarró, le arrancó el arma. La condujeron a una pieza donde la encerraron para entregarla al día siguiente al comisario.
—Está loca.
Y todos se apresuraron a rodear a Linárez, futuro dueño de la opulenta estancia de Pintos, prodigándole frases de aprecio y simpatía.
EL CONSEJO DEL TIO
Aún no había aclarado del todo, cuando Albino estaba en la enramada ensillando con sus pilchas miserables, su mancarrón tubiano, flaco, abatido, tan miserable y ruinoso como el apero.
Don Tiburcio, el capataz, extrañado de aquel insólito madrugón de Albino, le preguntó:
—¿P‘ande estás de viaje?
—Pa los Campos del Diablo—respondió el mozo con voz compungida.