—¿No tienen miedo de que la autoridad los sorprenda?

El viejo se echó a reir.

—¡Que vamo tener miedo!... L'autoridá es güena... El señor—y designó al hombre de la pera negra,—es el comisario y nos deja divertirnos...

—¡Ah! ¿Usted es el comisario de la sección?

—¡Ya lo creo, qu'es el comisario!—respondió don Bonifacio; y el otro, altivo:

—Soy el comisario, soy... ¿Qué le duele?...

—¿Usted es el comisario?

—¡Claro qu'es el comisario! intervino con violencia el viejo.—¿Y si no juese el comisario, iba a cobrar la coima?... ¿Y usté quién es, pa priguntar como maistro?...

—Soy el nuevo jefe político,—respondió tranquilamente el joven.

Y don Bonifacio, empalideciendo súbitamente se echó al buche un trago de caña y exclamó hipando: