—Pero al cortarlo se güelve nada.

—¿Y quién lo corta?... Un sais y un rey. ¿A cual le meten?... Meta no más sin miedo, don...

—Copo al rey...

¡Claro! Siendo 'e la ciudá le pagan al ray!... Pero en tiempo 'el durazno, me... rio 'e la pera, y en país de república los reyes no dentran ni placé, siquiera... Vea... Una, dos, tres... abajo este cinco, el sais... ¡Ahí está el sais!... S' hicieron ochenta. Va creciendo el arroyo.

Durante una hora la partida continuó, siendo constantes perdedores los tres forasteros. A las tres de la madrugada se hizo un alto para comer el puchero de gallina que había hecho preparar el dueño de casa.

En el intervalo, don Bonifacio contó la ganancia. Había ochocientos noventa pesos.

—Ochenta y nueve pa las velas,—dijo don Benito; y apartó la suma.

—Y cuatrocientos pa mi,—dijo un señor hosco y barbudo que todo el tiempo se lo había pasado mirando jugar y bebiendo caña.

—Güenas cuentas, güenos amigos,—habló el tallador distribuyendo el dinero.

Y entonces el joven forastero, que no parecía afectado por la pérdida, preguntó: