—La mesma.
Con voz que se esforzaba en aparecer tranquila, Federico replicó:
—Para enebrar esa auja, carecen dos sercustancias: una, que yo te la dé; otra, qu'ella te quiera, y dispués del poco caso qu't'hizo ayer abrazándome en tu presencia debés estar albertido...
—Sos vos, quien debía estar albertido, si conocieras más mejor las arterías de las mujeres. Que te prefiera para marido, aceto; pero, si entuavía no l'estuviese quemando la boca la marca de mis besos, no habría hecho eso, que no es más que desimulo pa embobarte mejor... Y la prueba es que una hora dispués se me vino refregando como perra mimosa y me ofreció los labios...
Intensamente pálido, fulgurantes los ojos, Federico se irguió, interrogando con voz trémula:
—¿Es verdá, eso, hermano?
Y Juan José, solemne, tendiendo la mano:
—Es verdá—respondió;—yo no miento nunca, vos lo sabés.
Federico empalideció más todavía y dijo amargamente:
—Te creo... ¡Guardatelá!...