Ninguna ambición política, ni social, ni intelectual. Sentíase completamente feliz, porque en la limitación de sus aspiraciones, le era dable satisfacer todos sus caprichos.

Su alma, un tanto femenina, le hizo apasionarse por las plantas, los pájaros, los perros y los gatos.

Su parque de eucaliptus y su bosque de naranjos, se enriquecían todos los años con centenares de ejemplares. Sus jardines eran inmensos. En verano, las rosas y los claveles ardían en ramas rojas por todas partes, quemando con su aliento amoroso a las pálidas camelias, a los tímidos lirios y a los congestionados tulpanes; mientras en amplias pajareras, con sus finos muros de alambre tapizados con madreselvas, jazmines y gladiolas, vibraban en sones doscordantes, cual de una orquesta de locos, los cantos del sabiá y la calandria, el cardenal y mirlo, el chingolo y el jilguero, el suave canario y la melancólica viudita.

Muy rara vez, y sólo por compromiso, y siempre a disgusto, abandonaba su casa, que era cueva y nido a la vez, digna de él, que gustaba clasificarse como ave troglodita.

Y le llegó uno de esos sacrificios. Se casaba Berta, su ahijada, único vástago de su amigo el doctor Castillendo, hacendado vecino, y otro misántropo como él, quien había exigido al novio, un abogadito porteño, que la boda se celebrase en la estancia, con la prodigalidad de un gran señor gaucho, pero sin maneas de etiqueta cortesana.

Silvestre tuvo que ir; y fué resignado a aburrirse durante dos o tres días.

—No será tanto, patrón,—observó el capataz;—en la estancia del doctor siempre hay, pa'esta época, señoras y muchachas de la capital, que le harán pasar lindamente el tiempo.

—Ese es el tropiezo. He perdido el hábito de los salones y tú no te imaginas cómo resulta penoso tener que sonreir y tratar de ser espiritual cuando las mujeres con quienes hablamos nos son del todo indiferentes y cuando estamos echando de menos la buena siesta, sobre el catre pelado, en el silencio de la estancia...


Dos horas después de haber llegado a la casa de su compadre, Silvestre sintióse transformado. Parecía que le hubieran sacado de encima los veinte años de vida semianimal, desierta de emociones y de ideales, transcurridos desde la fecha de su desastre amoroso. En un repentino reverdecimiento de todo su ser, su corazón se expandía en mágica florescencia.