La aurora del milagro fué la pequeña Lisa, sobrinita del doctor Castillendo, que pasaba las vacaciones en la estancia. Desde el primer momento le atrajo con su mirada y su voz acariciadoras.
—¿Por qué está usted siempre triste?—le preguntó, fijándole los ojos con ternura, mientras paseaba del brazo por el parque.
El sonrió:
—Yo no estoy triste; es que no soy alegre.
—¿Escolástica?...—musitó ella.
—No; franca verdad. Muchas veces, para muchas personas, se presenta un estado de estática anímica... ¡perdón por el pedantismo!...—en el cual no hay razón para estar alegre ni para estar triste; se es...
—¿Indiferente?... ¡Muchas gracias!...
Fingiendo enojo, bajó la cabeza y anduvo un trecho en silencio, marchando lentamente, levantando las piedrecillas del camino con la punta del pie. El, presa de extraña emoción, no atinaba a hablar. Lisa se irguió bruscamente. Sus rubios y desordenados cabellos rozaron el rostro de Silvestre y los labios incitantes de la muchacha se inmovilizaron a un centímetro de sus propios labios...
¡Oh, aquel beso!... Y luego las ininterrumpidas ternuras, las delicadas atenciones, las atrevidas ostentaciones de su encariñamiento, trastornaron por completo al pobre solterón que se vanagloriaba de haber cerrado con doble llave y cerrojo la puerta del amor.
Esa noche fué para él de delicioso insomnio. Sentía el cuerpo y el alma impregnados del perfume de Lisa y en sus labios persistía la quemante sensación del primer beso.