—¿Podría ser?... ¡Y por qué no!...

Y al amparo de esta duda, aureolada de esperanzas, se durmió al fin en un dulce sueño.

A pesar de las pocas horas de sueño, las ansias de volver a ver a Lisa le hicieron despertar relativamente temprano. Mientras se hacía una prolija y coqueta toilette, monologaba:

—Yo tengo cuarenta y siete años; ella tiene veinte... ¡Es mucha la diferencia!... Bueno, pero yo de mis cuarenta y siete, veinte no los he vivido, no los he gastado, de modo... no hay duda que ella me ama, o por lo menos, que simpatiza conmigo.

Se dirigió al jardín, ganó el parque y echó a andar, a andar, tratando de enhebrar ideas que se le enredaban a cada momento. Varias veces sacó un cigarrillo, pero al ir a encenderlo, lo estrujaba y lo arrojaba; daba por seguro volver a besar los divinos labios de Lisa y no quería ofenderlos con el sabor acre del tabaco.

Anduvo mucho tiempo. Al fin, fatigado, regresó y se dejó caer sobre un banco rústico, junto a un bosquecillo de palmas índicas. De inmediato le sorprendió una charla femenina que partía del lado opuesto del boscaje y reconoció las voces de Berta y de Lisa.

—Eres una perversa,—decía Berta.

—¿Por qué?—arguía Lisa.—Apostamos a que yo era capaz de enamorar a tu viejo solterón de padrino, y lo he conseguido.

—¡Demasiado!... Es una maldad tuya, porque de seguro no lo quieres y dentro de un par de días todo habrá concluido.

Lisa rió alegremente.