—¿Dentro de un par de días?... ¡No!... Desde anoche. Hoy tengo que consagrarme a Fernando...
—¡Te repito que eres una perversa!
—¡Que no!... Yo le he proporcionado a don Silvestre varias horas de una felicidad que nunca soñó... Le he hecho un gran servicio y debe agradecérmelo!...
Don Silvestre no pudo soportar más. Muy pálido, pero sereno, la sonrisa en los labios, se presentó ante las jóvenes, saludó afablemente y dijo:
—Y se lo agradezco, señorita. Me ha hecho usted, en efecto, un enorme servicio, demostrándome que si enamorarse a los veinte años es una tontería, enamorarse cuando se está por cumplir medio siglo, es una imbecilidad. ¡Mil gracias!...
EL NEGRITO DE MELITÓN
Era en el Paraguay, en la época trágica de las revoluciones y los motines cuarteleros que tuvieron sometido al noble país hermano a continuos sobresaltos y a perpetuas torturas.
Gobernaba a la sazón, con poderes discrecionales, el famoso coronel Fortunato Jara, encaramado al poder por un audaz golpe de mano y convertido en dictador. Dictador de la peor especie, por cuanto no lo guiaba otro móvil que la satisfacción de los apetitos de su desenfrenado libertinaje.
La soldadesca, alentada por el ejemplo de los superiores y segura de la impunidad, cometía todo género de violencias y de atentados contra la propiedad y las personas.