Los milicos vivían más en las tabernas y la ranchería del suburbio que en los cuarteles.
Ebrios la mayor parte del día, recorrían las calles de la ciudad, gritando, cantando, promoviendo escándalos.
No había peligro de reprimendas ni castigos: los oficiales, por su parte, cuando no junto con ellos, cometían idénticos excesos, explicables,—ya que de ningún modo disculpables,—por el estado de completa anarquía y el relajamiento de la disciplina, fomentados en primer término por el jefe supremo con su conducta sin precedentes.
Tan lejos estaba a su ánimo el deseo de tomar medidas moralizadoras de severa represión, que era el primero en reir y festejar las «travesuras» de sus subalternos.
—¡Los muchachos también tienen derecho a divertirse!...—decía riendo.
—Y nada no pueden icir los otros,—conformaba algún adulador.
De fijo que nada podían decir «los otros»; pero no por faltarles derecho para la protesta, sino porque, bajo el régimen del terror, la más elemental prudencia aconsejaba mascar en silencio el amargo del agravio, ahorrando reclamaciones, cuyas consecuencias inevitables serían acentuar la persecución de parte de los forajidos.
Los mayores delitos pasaban inadvertidos por la justicia; y eso que los hubo de la magnitud del que va a leerse.
Melitón Manzanares era un chino correntino, petizo, grueso, fornido y de ancha cara cobriza y barbilampiña.
No hacía mucho que había caído a la Asunción, cuyas continuas revueltas ofrecían campo propicio a los tipos de su calaña, y también, probablemente por andar en malas relaciones con las autoridades de su país.