El solía decir, con una sonrisa que ponía de manifiesto su formidable dentadura de yacaré:
—Las autoridades de Caacatí estaban tan encamotadas conmigo que iá mi tinían empalagao... Siempre andaba detrás mío algún sargento con recao del comisario pa que juese a yerbiar con él, y de puro fastidiao, alcé el vuelo pa estos pagos...
—Usté es mesmito que ió,—dijo un compinche;—nada no apetesco la amistá de los polecías.
Melitón, que había sentado plaza en las milicias irregulares, conjuntamente con otros forajidos de igual ralea, encontrábase allí como pescado en el agua.
Farras, chupandinas, jugarretas y amplia libertad de acción en la holgazanería cuartelera, constituían el ideal de un sujeto de su clase y de sus hábitos.
Sus camaradas lo tenían en gran estima por su constante buen humor, su parla dicharachera, su audacia y su absoluta carencia de escrúpulos.
Admirando esta cualidad, dijo una vez entusiasmado un compinche:
—Amigo Melitón, estómago igualito a ñandú: ¡hasta vidrios digiere!...
Sin embargo hubo un momento en que empezó a ponerse meditativo y silencioso.
Interrogado por las causas de aquel cambio de carácter, dijo: