—Padres no tengo... Amita me mandó llamar el médico para amito enfermo... y me peldí... ¡ay!... ¡ay!... ¡ay!... ¡ay!
Una idea infernal cruzó por la mente del bandido.
—Io le via ievar,—dijo; y cogiendo al chico de ambos pies, lo revoloteó y le destrozó la cabeza contra un poste de piedra que había junto al portal.
El negrito lanzó un grito horrible, uno solo y enmudeció para siempre...
El criminal ocultó el cuerpo de la víctima bajo el poncho patrio y, dando traspiés, llegó al cuartel. Al penetrar en el cuerpo de guardia, donde los soldados ebrios jugaban al naipe, el oficial, más ebrio aún que sus subalternos, lo interrogó alegremente:
—¿Qué tráis debajo' el poncho?... ¿Chivito o borrego?
Rió Melitón y dijo:
—Borrego... Un borrego negro...
Y tirando en medio de la pieza el ensangrentado cadáver, agregó con feroz impudicia: