—¿Y quien ha dicho que los negros son cristianos?... ¿No saben que tienen el mate muy duro y el agua bendita nunca les dentra a los sesos?...
Melitón siguió preocupado con la idea de aquella farra original y magna.
Una vez, a eso de media noche, regresaba al cuartel, dando bordadas, apoyándose con frecuencia en los muros de las casas para no dar de bruces sobre la acera y recuperar un tanto el equilibrio y la fuerza de sus piernas ablandadas y descoyuntadas por el alcohol.
En uno de esos ziszaes fué a dar contra un portal, a cuyo pié vió un bulto obscuro. Tocólo con la punta del pié y notando blandura de carnes, agachóse, con muchas precauciones y grandes esfuerzos, hasta poder palparlo. Zamarreado con violencia, un quejido lastimoso escapó del bulto obscuro, y el soldado descubrió, envuelto en unos harapos, un negrito de cinco o seis años de edad.
—¿Qué hacés aquí?—preguntó ásperamente.
Y el negrito, asustado, respondió gimoteando:
—Me peldí...
—¿Dónde está tu casa?
—No sé, me peldí...
—¿Quiénes son tus padres?...