Continuó observando. En la puerta del mostrador, una gran balanza mostraba el abultado vientre de su platillo de bronce y el cuerpo plano y negro, dormitando bajo la custodia de media docena de pesas, pentagonales, trozos de hierro ennegrecido. En el puesto extremo de la larga mesa, junto a la pila de zarazas, ronroñaba un gato barcino; por el centro, al lado de una palmatoria de metal amarillo, veíase un mazo de naipes viejos, sucios, encrespados como plumaje de gallina clueca; inmediato a los naipes un puñadito de garbanzos, dos groseros vasos de vidrio, una botella vacía, ceniza y colillas de cigarrillos.

—¡Curioso, curioso!—decía mentalmente don Manuel, desconcertado ante aquella complicación psíquica, tan ajena a la simplicidad ordinaria de su existencia, por medio de la cual los objetos le eran al mismo tiempo familiares y desconocidos...

Desorientado, tornó a sentarse en la misma silla, junto al mostrador, cerca de la candela. Inconscientemente comenzó a dibujar el trazado de su vida. Tenía doce años al llegar de España. Era entonces un «galleguito» ignorante y vivaracho, dotado de una extraordinaria energía, seguro de llegar a la fortuna más tarde o más temprano. Casi sin transición pasó del barco que le trajo a la casa de comercio de su paisano don José Rodríguez, donde fué ascendiendo, de sirviente a peón, de peón a dependiente, de dependiente a socio y a dueño por fin.

Todo eso allí, en esa misma casa, en aquella «pulpería» de campaña identificada en su persona. Allí penó, allí luchó, allí conquistó la fortuna, que fué la única novia de sus sueños.

Novia inconstante. Los años malos trajeron una situación difícil, viendose obligado a buscar un socio para salvarla. No salvó nada, la suerte le había dado la espalda y fué necesario vender, vender todo, abandonar aquella casa. La víspera había firmado la escritura, al día siguiente debía hacer entrega del negocio y partir...

¡Partir!... El derrumbe de su fortuna no impresionaba mayormente a don Manuel: tenía cerca de cincuenta años, era solo, era sobrio y con lo salvado le alcanzaría para pasar la vida; ¡pero salir de allí, abandonar aquella casa, en cáscara!... Eso era insoportable...

Pensando, pensando, una idea nació en su cerebro. Al principio la encontró absurda; luego le agradó. Le agradó tanto, que disipando instantáneamente sus tristezas, volvió a reconocer el salón y los objetos familiares. Bajo esa impresión fué a su cuarto, se acostó y durmió tranquilo.

Al día siguiente, después de haber hecho formal entrega del establecimiento al nuevo dueño—su socio don Pedro,—éste quedó pasmado al oir lo siguiente:

—¿Quiere tomarme de dependiente?

—¡Pero don Manuel!... ¿Es chacota?...