—Es serio.
—Francamente... no comprendo...
—¿No comprende que yo no podré vivir separado de estos cachivaches, privado de mis hábitos de casi cuarenta años, libertado de la cadena que de niño me soldaron al taquillo?...
Confesaba don Manuel que nunca había sido tan feliz como entonces, diestro y activo dependiente de cabellos grises, en la casa en que había sido patrón a los 30 años y dependiente a los 15.
LOS DÉBILES
Las negras agujas del viejo reloj marcaban las nueve de la noche y la campana las contaba con voz lenta y pausada.
Marcelina, que agobiada por las doce horas de incesante trajín se había quedado dormida sobre el banquillo junto al hogar, despertó sobresaltada.
Y en ese mismo momento abrióse la puerta de calle y penetró Servando, con el sombrero echado a la nuca, el busto erguido y taconeando recio. Esa actitud, unida a la brillantez de los ojos y el arrebolado del rostro bastó a Marcelina para convencerse de que su esposo había castigado fuerte en el café.