—¡Que se vaya al infierno el almacenero!... Ya se le pagará... que espere; y si no quiere esperar, se busca otro: no faltan almacenes en Buenos Aires!...
Ella, humilde, guardó silencio, y él prosiguió:
—Pues, como te decía, Paulino, después de contarme su situación y sus proyectos, me preguntó:—¿Y vos, siempre en las mismas taperas, siempre amojosándote en el periodismo!...
—Siempre,—le respondí.—¿Qué quieres que haga?
—Buscar otra cosa, moverte salir de la ciudad en busca de un porvenir, utilizar tu inteligencia en provecho propio en vez de hacerlo en provecho de los demás,—me aconsejó.
—Lo comprendo, respondí; pero ¿cómo? ¿en qué?
—Mira,—me dijo;—la fortuna está en la campaña. Si tanto bruto analfabeto amontona millones en pocos años, ¿cómo no podrá enriquecerse un hombre inteligente e ilustrado como vos, decime?...
—Sí, pero...
Se interrumpió Servando para servirse vino y al encontrar vacía la botella, exclamó con desagrado: