—¿No hay más vino?
—No; compré medio litro y te lo has bebido...
—¡Siempre la manía de comprar por medio litro!... dentro de poco compraremos por bordalesas... ¿Lo dudas?... Escucha: Cuando yo dije eso, Salvatierra me interrumpió para exclamar:
—¡Ya sé lo que has de decirme!... ¡Que se necesita capital, relaciones, crédito, etc., etc!... Bueno; vos sabés, hermano, que el amigo y el caballo son pa las ocasiones, y aquí estoy yo para darte una manito. Mirá, entre los bienes que me correspondieron por herencia de la finada mamá, hay una estanzuela, un soberbio valle en Uspallata... Yo no lo conozco, ni sé bien dónde está, pero me han dicho que es de lo mejor y puede producir un platal... ¡Te lo doy en sociedad y te adelantaré unos cuatro o cinco mil pesos para los gastos!... ¿Te conviene?...
—¡Cómo no me va a convenir, hermano!—exclamé.
—Bueno. Mañana a la una te espero aquí; tomaremos los aperitivos, almorzaremos juntos y arreglaremos todo... Por lo pronto, tomá un «canario», para festejar el acontecimiento...
—¿Qué te parece, viejita?... ¡Ese es un amigo!... Fijate a ver si está la chiquilina de al lado, que vaya a traer un litro de vino.
El amigo cumplió la promesa y poco después la familia partió para Mendoza. Iba Servando rebosando de entusiasmo, mas no así su compañera, quien estaba habituada a tales entusiasmos, siempre fugitivos.
En la estanzuela—un vallecito enclavado en la montaña—no había nada más que una casucha de adobones y media docena de chivas semisalvajes. Pero el flamante cultivador, muy orgulloso de su traje, su gorra y sus botas de alpinista, no se amilanó por eso: el abundante surtido de conservas que había llevado consigo aseguraba por varios meses exquisito comestible.
Púsose a la obra inmediatamente. Lo primero fué planear un jardincito; mientras el peón preparaba la tierra, él se engolfaba en la lectura del más reciente tratado de floricultura venido de París. Luego siguió la formación de una pequeña huerta de hortalizas y un plantel de frutales; todo lo cual daba pretexto a frecuentes viajes a la ciudad en procura de semillas, plantas y útiles. Al principio demoraba el regreso un par de días, pero después las estadas prolongábanse por una semana y aun más, ocasionando considerables dispendios.