Y mientras el ex periodista derrochaba el tiempo y el dinero en viajes, en diversiones y en fantásticos planes de explotación agropecuaria, llegó el invierno con sus nieves y turbonadas y fríos atroces. El jardín y la huerta—absurdamente y descuidadamente cultivados—se agostaron bien pronto; y los árboles que no derribaron los vientos, perecieron por inadaptación al clima.

Terminadas las conservas, fué necesario surtirse de víveres, a gran costo, en la capital de la provincia. Todos los chivatos y casi todas las chivas fueron muertos a tiros por Servando, que no encontró otro medio de utilizar su copioso material cinegético. Frecuentemente bloqueado por el mal tiempo, y abandonado el propósito de consagrar los ocios al cultivo de la alta literatura, el joven se consolaba abusando más que nunca de los alcoholes.

Por otra parte, los cinco mil pesos estaban a punto de agotarse; y un buen día, el pioneer, desilusionado y aburrido, empezó a maldecir la tierra ingrata, la campaña que «envejece, empobrece y embrutece», según dice el adagio.

Y no tardó en decirse:

—La campaña—dijo—está hecha para los animales. ¡Volvamos a Buenos Aires!...

Marcelina, sumisa, dócil, sin voluntad, aceptó con indiferencia y sin un reproche el nuevo fracaso, preparándose para el venidero.


EL ABRAZO DE MARCULINA

En invierno, un día opaco, un cielo brumoso, de sombra, de quietud, de silencio, uno de esos atardeceres capaces de entristecer a los chingolos.

A las seis era casi noche y hubo que suspender la jugada de truco en la trastienda de la pulpería.