Eso jué. Lo demás ustedes lo saben. Por denuncias de la arrastrada Marculina, me prendieron. Seis meses estuve en la cárcel hasta que tuvieron que soltarme porque de ningún lao me aprobaron delito.
—¿Y Marculina?—interrogó don Pantaleón.
—En tuavía no la vide, pero como pa eso no más he dao la güelta al pago, la he'encontrar unos d'estos días pa retribuirle su abrazo...
LOS INSERVIBLES
Alto, flaco, cargado de espaldas, la cara ancha, larga, color ocre, el labio inferior perezosamente caído, los grandes ojos pardos llenos de inteligencia, solitario y silencioso de costumbre, sin duda porque sus frases eran ideas, y desdeñaba echarlas—margaritas a los puerco—a la multitud ignara a que hallábase mezclado, constituía uno de los tantos exóticos, pieza sin objeto, elemento inútil, en aquella efervescencia pasional colectiva, donde ni su corazón ni su cerebro conseguían armonizar.
En un atardecer hermoso llegóse a mi carpa y mesándose los largos cabellos lacios con sus dedos afilados, en un gesto habitual, me preguntó con su voz extraña, que tenía un timbre varonil aterciopelado por un yo no sé qué de femenino:
—Hermano, ¿no te han traído pulpa?
—No, respondí; sé que carnearon y he visto varios fogones donde los asados se chamuscan, pero para nosotros...
—¡Nosotros somos los maporras!—interrumpió con una sonrisa amarga;—tenemos derecho a comer lo que sobra, como los perros!...