Aflojé, ¿qué iba hacer?...
—Y te aquerenciastes—intercaló don Pantaleón.
—A la juerza. Estanislao estaba loco 'e contento, y cuando la mujer me decía alguna cosa grosera, él se raiba de contento. Y la indina me trataba mal, mesmo. En la mesa me servía los pedazos que debían quedar pa los perros; si le pedía una cebadura 'e yerba me la daba como pa tomar en una cáscara de nuez; si le traiban alguna golosina de regalo, la escondía delante mis ojos, como pa mostrarme poco caso.
Y cuanti más abrojo era ella pa conmigo, más alegre se ponía él, de lo cual me comenzó a dentrar desconfianza y me puse a escarbar despacito pa fin de llegar a la olla de aquel hormiguero.
Prontito supe que dende ricién casao mi amigo estaba encendido por los celos como un gran trafoguero de coronilla, que arde hasta que se consume. Marculina no podía ver un hombre, juese viejo, juese una criatura, juese lindo o fiero sin encomenzar a tirarle piales con la mirada y la sonrisa. Que hubiera faltao, naides daba testimonio, pero con aquello no más le sobraba al marido pa llevar una vida de perro sarnoso. Descuidaba su trabajo, porque si había cáido algún mozo de visita, no se atrevía a dir al campo dejándolo solo con ella: y cuando salía se le ocurría pensar que quién sabe si fulano o mengano no estarían en el rancho aprovechando su ausencia; y en seguida montaba a caballo y volvía a las casas, dejando el trabajo a medio hacer.
Nunca pudo sorprenderla; pero eso en vez de sacarle la manía le recalentaba más los sesos.
Cuando yo juí a su casa y vido la mala gana con que me recibió su mujer, tuvo un alegrón, porque, dejuro habería sido lo pior de lo pior verse obligao a celarla con quier era cuasi como hermano.
Dispués que pasó una semana y vido que Marculina me mostraba cada vez más entepatía, le dentró lástima por mí y varias güeltas l'atropelló pidiendolé no juese tan corsaria conmigo, pero no consiguió nada; con lo cual el pobre finao no sabía si llorar o bailar, pero la cosa es que el hombre andaba alegre dende la mañana a la noche, como si hubiese escapao a una enfermedá muy mala...
Sin embargo, yo le había descubierto el juego a aquella china artera. En más de una ocasión, a ráiz de decirme una grosería, me tiraba, a espaldas del marido, el anzuelo de una mirada querendona. Yo me hacía el desentendido, pero sucedió una vez d'esta laya: díbamos a salir decampo; Estanislao marchaba adelante, dispué yo y detrás mío, cuasi pegada, Marculina; tan pegada que me había echao un brazo sobre la paleta y llevaba la cara juntita con la mía. Yo no tuve coraje pa hacer un ademán, de piedad por mi amigo, que si la albertía no iba a creer en mi inocencia. Esperaba qu'ella tuviera un respiro 'e juicio y me soltara... ¡y en eso se vino el rancho abajo!... Pantaleón dió güelta la cabeza de golpe y vido tuito... Se puso blanco como cuajada, se le redondearon los ojos mesmo que si juesen de ñandú, dió tres o cuatro güeltas redondas, como perro que intenta morderse el rabo, y luego juyó p'al arroyo...
Yo no quise seguirlo; monté a caballo y enderezé ni sé p'adonde, juyendolé al recuerdo de aquel ocurrido en que me tocó aparecer como traidor canalla al amigo que más he querido...