El teniente guardó silencio y siguieron andando. El sol, invisible, se iba trepando por los quebrachos, y cuando se subió a la punta de los más altos, escupió fuego. El teniente Hormigón, sintiendo sed, se tanteó el flanco, buscando la cantimplora con «cognac de la habana», e hizo un gesto de disgusto al notar que la había olvidado. Caracú, sin perder un detalle, había observado, y sonrió.
El teniente Hormigón, un mozo alto, flacucho, de ojos vivos, de nariz fina, de labios insolentes, era, en forma innata, «muy de caballería», pero le faltaba la práctica del oficio y debía, como todos, pagar la chapetonada.
Caracú, después de sonreir, destapó su «chifle» y ofreciólo diciendo:
—Mi teniente, si usted está queriendo pegarle un trago...
Bebió el teniente y bebió el sargento. Y después el sargento preguntó:
—¿Se puede saber p'ande vamos, teniente?
—Para la misión.
—¿Cuála?
—Me parece que del fortín para dentro, en la costa del Pilcomayo no hay más que una: la de los franciscanos.