—Disculpe, mi teniente; aquí en el Chaco hay muchas misiones... prendalé otro buche... Tuitos tenemos nuestra misión. La policía tiene la misión de guardar el orden, prendiendo a los indios que s'escapan por no trabajar pa los alemanes, que pagan la policía. Los jueces de paz tienen la misión de hacer justicia a quien los pague mejor... Y claro que nunca es el hijo el páis el que paga mejor... Los franciscanos tienen la misión de cevilizar a los indios, deslomándolos a trabajo.

—Y civilizan,—arguyó el teniente.

—¡Dejuro, mi jefe!... Asigún los comentos, la Obrajera del Chaco tiene más de siete millones de pesos ingleses de capital y los franciscanos, arrimadito. ¡Calcule lo que se puede cevilizar con tuita esa moneda!... Güeno; ¿pero sabe una cosa, mi teniente?

—¿Qué cosa?

—Que pa mi gusto, cuando se haiga lograo la completa civilización de los indios...

—¿Qué?

—No v'haber ya ningún indio. Nos los habremos comido tuitos, salvajes, a medio cevilizar o cevilizaos, como quien dice: ¡crudos, chamuscaos o asaos a punto!... Velay, teniente... ¡Es la misión!...

Instruyéndose en el camino, y después de andar cincuenta leguas por las boscosas pampas chaqueñas, el teniente y sus hombres llegaron a la misión franciscana, cerca del Pilcomayo.

Allí le suministraron los datos necesarios para el cumplimiento de su comisión, que consistía en adquirir veinte bueyes para el destacamento.

No fué tarea fácil, y el teniente debió emplear en ella cinco días de fatigosas marchas; pero consiguió veinte bueyes, grandes, gordos, mansos.