Y esa noche durmió tranquilo y satisfecho.

Y al día siguiente, cuando despertó, el desayuno que le sirvió su asistente fué la noticia de que le habían robado los siete bueyes.

—No deben andar lejos,—dijo, y se puso al campearlos. Tarea inútil: en el Chaco no se vuelve a encontrar nada de lo que se pierde. Al fin, desesperado, envió al jefe una carta narrando lo ocurrido y rogando la remisión del dinero necesario para adquirir otros veinte bueyes, dinero que él se comprometía a pagar.

Pocos días después regresaba al chasque con la respuesta. El mayor, sabiendo que Hormigón pertenecía a una familia muy rica no tuvo inconveniente en mandarle el dinero, aunque, advirtiéndole que no lo creía necesario. «En un país de tantos recursos como aquél, sólo un maturrango o un recluta no sabía acomodarse.»

Meditó el teniente, leyó veinte veces la carta y como al fin, aunque novicio, tenía una alma «muy de caballería», comprendió. Poco después mandaba al jefe otro chasque con esta lacónica misiva:

«Señor jefe:

«De los veinte bueyes que nos robaron, ya hemos conseguido veintiocho; los demás los andamos campeando.»


LA SINGULAR AVENTURA DEL DR. MANZZI

Era el Dr. Atilio Manzzi un «original»; pero no en el sentido que el vulgo acostumbra dar al vocablo, es decir, extravagante y atrabiliario, un ser mediocre que a falta de méritos positivos que lo eleven sobre el común de sus coterráneos, se singularizan por los excesos capilares, el arcaísmo de su indumentaria y su decir paradojal.