Atilio, gran amante de las golosinas y de las flores, saboreaba las unas y adornaba con las otras todas las habitaciones de su casa, sin sospechar siquiera que aquellas atenciones llevaran en sí la intención de discretas y delicadas insinuaciones.

El buen doctor, «gourmand» y «gourmet», saboreaba las golosinas del mismo modo que admiraba los diversos ramos de flores, en conjunto, haciendo caso omiso de las tarjetas que ostentaban los nombres de las obsequiantes.

Su existencia transcurría de ese modo, plácidamente monótona, cuando un incidente vulgar introdujo en ella un elemento perturbador.

Cierta tarde ocurrió a su consultorio una joven de delicada belleza y cuyos modales y expresiones denotaban una cultura muy superior a la que pudiera atribuírsele por su indumentaria, reveladora de muy humilde clase.

Manzzi, advirtiendo ese contraste, le preguntó después de haberla examinado y recetado:

—¿Usted es de acá?... Yo conozco a casi todos los habitantes del pueblo, y no recuerdo haberla visto nunca...

Recién hace tres meses que vine. Yo soy de Pampa Chica.

—¿Su familia vive allá?

—Vivía,—respondió la muchacha con voz aflictiva;—mi padre murió hace cinco años...

—¿De qué se ocupaba?