—Era maestro de escuela y periodista.

—¡Bravo!... ¡Dos profesiones extremadamente lucrativas!... ¿Apuesto a que al morir no les dejó un palacio, ni auto, ni rentas siquiera?

—¡Qué nos iba a dejar!... El pobrecito abrevió su existencia consumiéndose en el trabajo y apenas obtenía lo indispensable al sostenimiento de nuestro modestísimo hogar. A su fallecimiento, endeudados con los gastos de la enfermedad y entierro, quedamos en la indigencia. Yo tenía apenas nueve años y la pobre mamá, muy delicada de salud, trabajaba día y noche para conseguir el sustento, no pudo resistir y hace seis meses también rindió su alma a Dios...

Había pronunciado estas palabras, ahogándose en llanto, y Atilio necesitó dejar transcurrir unos segundos para dominar su emoción.

—¿Y ahora trabaja aquí?—preguntó luego.

—Sí, señor: en casa de la viuda de don Atanasio Bacigalupe.

—¿Gente muy rica?...

—Así dicen.

—Creo que hay varias muchachas...

—Tres.