—¿Y usted está de institutriz?
Amarga sonrisa contrajo los labios de la joven, que respondió con voz más amarga aún:
—De sirvienta...
Enmudeció el doctor. Con violento esfuerzo hizo que el profesional recuperara la plaza momentáneamente ocupada por el sentimental, y dijo, cambiando de tono:
—Es una bronquitis que desaparecerá en breve. Siga el tratamiento indicado y vuelva el jueves próximo.
El Dr. Manzzi sintióse extrañamente subyugado por el recuerdo de aquella encantadora fregatriz, hija de intelectuales e intelectual ella misma. A cada instante su gallarda silueta, enlutada por prematura tristeza y aureolada por sin igual valentía, distraíalo a sus cavilaciones científicas. Tanta satisfacción experimentaba en verla y en platicar con ella, que prolongó indebidamente la asistencia. Pero llegó el día en que su honradez profesional le obligó a darla de alta.
Pasaron dos semanas sin verla y aquello le producía una desazón que él no se preocupaba de explicársela ni de justificarla.
Y fué así que inconscientemente, sin propósito premeditado, comenzó a ir todas las tardes a estacionarse en un banco de la plaza, frente a los balcones de la viuda de Bacigalupe. Leyendo a ratos, y con frecuencia simulando leer, atisbaba continuamente, esperando ver salir a la sirvientita.
Su persistencia llegó a ser advertida y a motivar el comentario. De pronto era alguno de los viejos «rentistas» y desocupados que abundaban en el pueblo, quien se detenía un momento y decíale, acompañando la frase con una guiñada significativa: