—¡Muy bien, doctor, muy bien!... ¡Ha tenido buen ojo, lo felicito!...

Y antes de que Manzzi hubiera tenido tiempo de formular una demanda explicativa, el otro proseguía su paseo, diciendo con aire de sutileza:

—Me voy; no quiero interrumpirlo: todos hemos pasado por ese trance.

Escenas semejantes se sucedían cada vez con mayor frecuencia, intrigando al médico, convencido de que aquel hábito no encerraba otro propósito que el manifiesto: el solaz de la lectura en la placidez estival, bajo la sombra refrescante de los añosos paraísos de la plaza.

¿Había advertido que su instalación en el banco habitual coincidía con la presencia en el balcón de enfrente, de las tres hijas de la viuda?

Sí; pero sin sorprenderle la coincidencia. ¿Qué cosa más natural que las chicas del pueblo exhibiéndose en los balcones o en las puertas de las casas en los cálidos atardeceres estivales?

Así transcurrieron los días hasta una noche en que, recién comenzada la cena, fué sorprendido por estrepitoso sonar de la campanilla eléctrica.

—Es la sirvienta de Bacigalupe que desea hablarle urgentemente.

Sin perder un segundo, el doctor se encaminó al consultorio.