—¿Qué le pasa, Servanda?—exclamó cogiendo la mano de la joven, a quien la distinción hizo enrojecer y bajar la vista.

—A mí, nada, doctor; la señora me mandó a buscarlo porque a una de las niñas le ha dado un ataque.

Manzzi, que ante el deber profesional posponía todo interés personal, se encasquetó el chambergo y con un breve:

—¡Vamos!—salió dando zancadas.

A su llegada quedó sorprendido ante el aspecto que ofrecía la sala y sus ocupantes: se diría que allí se habría librado una batalla. Se veía que los muebles habían sido arreglados precipitadamente; al pie de un pedestal dorado habían quedado trozos del jarrón que soportara; en un ángulo, una silla tumbada y encima del piano un almohadón floreado, hecho jiba, parecía haber sido utilizado como proyectil. Extendida sobre el sofá, la cabeza reposada en un edredón y la frente cubierta por un pañuelo que hedía a agua Colonia, estaba Elisa, la menor de las Bacigalupe.

La viuda, al igual de sus otras dos hijas, sin duda empolvadas a obscuras y a prisa, ofrecían, con sus expresiones aflictivas, un aspecto clownesco.

—¡Hay, doctor, qué desgracia! ¡A esta chica le ha dado un ataque horrible!—exclamó la viuda haciendo aspavientos; y Manzzi pudo observar que las fisonomías de las otras dos chicas se contraían simultáneamente en un rictus irónico.

Sin responder, observó a la enferma y dijo:

—No es nada. Acuéstela, dele un poco de tilo y pasará enseguida.

Al retirarse, la viuda lo llevó hasta el fondo del zaguán, y en voz baja, con aire misterioso y al mismo tiempo meloso, suplicó: