—Estimado doctor, ¡decídase de una vez!...

—¿Que me decida?... ¿a qué?—interrogó sorprendido el médico.

—¡Vamos, vamos!... Todo el pueblo sabe que usted corteja a una de mis chicas, pero ignoramos a cuál... Cada una de ellas se considera la preferida, y naturalmente, riñen entre ellas... ¡Por favor, doctor, decídase por una u otra!...

Manzzi lanzó una estruendosa carcajada y respondió:

—¡Pero, señora, si yo no tengo interés por ninguna de sus hijas!

La viuda enmudeció de asombro, y luego expresó con agriedad:

—¿Conque a ninguna?... Entonces me quiere explicar, caballerito, ¿cómo ha estado usted durante tres meses, plantado las horas muertas frente a nuestros balcones, comprometiendo así a las niñas?...

—¡Sí!... ¿Por qué?—gritaron a coro las dos muchachas que habían estado escuchando detrás de la puerta.

—¡Eso es una infamia!—exclamó a su vez la enferma, que apareció en el zaguán agitando los brazos en actitud amenazante...

—¡Hacernos tal desaire!...