—¡Semejante papelón!...
El violento ataque desconcertó al doctor, tímido e inexperto en lances de esa naturaleza.
—Pero, señora... vean, señoritas... yo...—balbuceaba intentando justificarse; mas sin éxito, pues el enemigo no le daba alce.
—Vamos a ver: ¿cómo explica su insistencia en festejar públicamente a las niñas?—interroga la viuda.
—¡Sí, sí!... ¡Desde el banco de la plaza!...—agregó la mayor de las niñas.
Al fin la hosca sinceridad del retraído hombre de ciencia, estalló en forma brutal:
—¡Bueno, acabemos con este sainete! Yo no me intereso por ninguna de ustedes.
—¿Y lo del banco y su continuo mirarnos?
—¡No era a ustedes a quien miraba, sino a Servanda!...