—¡A la sirvienta!... ¡Jesús, Dios mío!

—¡Ay, qué asco!

—¡Bien les había dicho yo,—exclamó colérica la mamá,—que esa mosquita muerta, caída al pueblo como una perra gaucha, debía ser alguna lagarta!... ¡Ah, pero no estará en casa ni un minuto más!... ¡Ni un minuto más!... ¡Servanda!

La pobre chica acudió toda llorosa y confundida.

—¡Inmediatamente, pero inmediatamente, agarra usted sus trapos y se manda mudar, grandísima sinvergüenza!...

—¡Sí, sí, en seguida, que se vaya en seguida, esta hipócrita desvergonzada!—corearon las chicas.

—¡Pero, señora!—imploró la muchacha—¿A dónde quiere que vaya ahora, de noche?

—¡A la calle!... ¡Las perras viven bien en la calle!

El doctor se irguió y dijo con imperio:

—A la calle no. Venga usted a mi casa.