—¿No pensáis que Juno es mil veces más linda que su retrato?

—Sí, por cierto, lo creo.

—Y esas florecitas azules que ponéis en los árboles, ¿qué son?

—Eso es un pedazo de cielo, prima.

Hice una pirueta y exclamé con aire patético:

—¡Oh cielos, oh árboles, oh naturaleza!, ¡cuántos crímenes se cometen en vuestro nombre!

Mi tío tenía muchos amigos en V***, estaba emparentado con la mayor parte de las familias de la región y tenía mesa puesta para todos. Raro era el día que no tuviésemos algunos invitados a almorzar o a comer. Esto era para mi un medio de conocer las maneras sociales y aprender, como me había dicho el cura, a equilibrar mis sentimientos. Pero debo advertir, que no equilibraba mucho que digamos, y que no lograba nunca disimular pensamientos e impresiones tan chocantes como impertinentes.

Mi tío y Juno, completamente rígidos en cuanto al capítulo de las conveniencias sociales, me dirigían algunas reprimendas elocuentes; pero se las llevaba el viento. Con una tenacidad verdaderamente desoladora no perdía la ocasión de hacer un disparate o decir alguna majadería.

—Has estado muy inconveniente con la señora de A***, Reina.

—¿En qué, hipócrita Juno? Le he dejado ver, que no me gustaba, y nada más.