Hacía tres semanas que me hallaba en el Pavol y mi tío pretendía que en ese lapso de tiempo, había embellecido tanto, que sí me llegara a encontrar el cura, no le fuera posible reconocerme. Comparábame a esas plantas de mucha savia, que brotan hermosas en terreno ingrato, porque son lozanas de por sí, pero que trasplantadas a tierras propicias a su naturaleza, se desarrollan de pronto de un modo increíble. Cuando me miraba al espejo, convencíame de que mis ojos pardos tenían nuevo brillo, mi boca más frescura, y de que mi tez de meridional, adquiría matices róseos y delicados, que me producían vivísima satisfacción.
Sin embargo, algunos días después del almuerzo de que he hablado, descubrí de un modo cierto que me había engañado groseramente, creyendo con toda simpleza, que el señor de Couprat estuviese enamorado mí. Sin embargo, como nunca he sido pesimista, me apresuré a argüir para consolarme. Díjeme que los corazones no deben estar precisamente formados de la misma manera; que si algunos se dan en un minuto, otros tienen la facultad de meditar y estudiar antes de enamorarse; que si el señor de Couprat no me amaba aún, eso tenía que suceder hoy o mañana, dado que era evidente, que existía entre nuestros gustos y caracteres respectivos una innegable semejanza. De modo que aunque la decepción hubiese sido grande, no conmovió profundamente mi tranquilidad por buen número de días. Me expandía en un ambiente simpático a todos mis gustos y me regocijaba al calor de mi felicidad, como un lagarto al resplandor del sol.
Mi prima tocaba muy bien el piano. El comandante que era fanático por la música venía al Pavol varias veces por semana y su hijo le acompañaba siempre. De todos modos, siempre tenía la puerta franca, pues lo autorizaban para ello el haber sido compañero de infancia de Blanca y los vínculos del parentesco que unían a las dos familias. A más, mi tío miraba esta intimidad con buenos ojos, porque de acuerdo con el comandante y a pesar de sus paradojas sobre el matrimonio, deseaba ardientemente, casar a su hija con el señor de Couprat, pues hallaba y con razón, que entraba en la categoría de los casos extraordinarios.
Sólo más tarde me di cuenta de este proyecto, al mismo tiempo que de otras cosas, que me hubiera sido fácil comprender antes si hubiese tenido más experiencia.
Generalmente llegaban a la hora de almorzar. Pablo, dotado del apetito que sabemos, almorzaba copiosamente y merendaba sólidamente a las tres. Después de esto, Blanca me daba una lección de baile, mientras él ejecutaba con brío un vals propio. Otras veces el profesor era él; mi prima iba al piano, y el comandante y mi tío nos contemplaban con complacencia, mientras yo giraba en brazos del señor de Couprat, en medio de una alegría indecible. ¡Qué lindos días!
No hacíamos un proyecto en que él no estuviera incluido. Su comunicativa alegría, su espíritu conciliador, y el talento para organizar e inventar travesuras, que poseía en grado sumo, hacían de él un irreemplazable compañero, amenizaban nuestra existencia y alimentaban mi amor. Diestro, hábil, complaciente, se prestaba a todo, y todo sabía hacer. Cuando descomponíamos un reloj o rompíamos una pulsera o cualquier otro objeto, Blanca y yo decíamos:
—Cuando venga Pablo, lo compondrá.
Pintaba a menudo y nos enseñaba sus trabajos. Es el único punto en que nunca hemos podido estar de acuerdo. Yo experimentaba una intensa antipatía por las artes, pero sobre todo, por la música, puesto que la maldita etiqueta no permite taparse los oídos, mientras que es lo más fácil no mirar un cuadro o darle la espalda. Con todo, cuando el señor de Couprat tocaba valses, lo escuchaba con gusto y largo rato; mas, era él lo que me gustaba y no los valses. Anoto de paso este sentimiento, porque analizándole, un día llegué a un terrible descubrimiento.
—¿Para qué pintáis árboles, primo? El árbol más feo, es mucho mejor que todas esas manchas verdes que echáis sobre el lienzo.
—¿De ese modo comprendéis el arte, prima?