—¡Qué horrible máxima!—exclamé asustada.—No la podré poner en práctica jamás.

—Ya llegarás a ello; mientras tanto, observa la etiqueta.

—¡Y dale con la etiqueta!—respondí, marchándome de mal humor.

Por la noche cuando me puse a soñar en la ventana como tenía por costumbre, una inquietud indefinible y oculta turbó mis ensueños. Pensé en aquel día, con tanta impaciencia esperado, y no pude negarme que las cosas no habían pasado según mis deseos. ¿Qué era lo que yo había esperado? Lo ignoraba, pero me espeté yo misma un discurso para convencerme de que el señor de Couprat estaba enamorado de mi, y la peroración dio término con un enternecimiento de mal augurio.

Al día siguiente, mis inquietudes habían desaparecido a pesar de todo, pero por la tarde recibí una larga misiva de mi cura, llena de buenos consejos y con este final:

«Reinita: tu carta ha venido a consolarme y alegrarme en mi soledad, te ruego que no te canses de escribirme. No sé que hacerme sin ti, y no voy al Zarzal, de miedo de llorar como un niño. Me reprocho mi egoísmo, puesto que eres feliz, pero como dice la Escritura, la carne es débil, y mi parroquia, mis deberes y mis oraciones no me han hecho olvidarte todavía.

«Adiós, querida y buena hijita mía, terminaré esta carta diciéndote: desconfía de la imaginación».

Y esta frase, produjo una impresión desagradable en mi ánimo agitado.


XI.