Así que se fueron, retirose mi tío a su gabinete y me hizo comparecer ante él.
—Reina, has estado ridícula.
—¿Por qué, tío?
—No se le dice a un joven, que es buen mozo.
—Pero si me parece que lo es.
—Motivo de más, para no decírselo.
—¡Cómo!—contesté yo sorprendida.—¿Entonces debía decirle que lo hallaba feo?
—No debías de haber tocado ese punto. Ten cualquier opinión, pero guárdala para ti.
—Sin embargo, mi tío, lo más natural es decir lo que se piensa.
—No en sociedad, sobrina. La mitad de las veces es necesario decir lo que no se piensa y ocultar lo que se piensa.