—Y luego es tan buen mozo—añadí yo.
El comandante y su hijo echáronse a reír; el cura y los dos amigos de mi tío me miraron sonriendo y moviendo la cabeza, con modo paternal. Mas el rostro de mi tío tomó una expresión de descontento y mi prima levantó las cejas, con un movimiento que le era peculiar, para demostrar su disgusto; movimiento tan lleno de desdén, que estuve por creer que había dicho una necedad.
Después del almuerzo dimos una vuelta por el bosque. Había vuelto a encontrar mi alegría y hablaba sin cesar, divertiéndome en imitar el modo y la voz de uno de nuestros invitados cuyos defectos exteriores me habían llamado la atención.
—Reina, eres muy mal educada—decía Blanca.
—Habla así—respondí, apretándome la nariz para imitar la voz de mi víctima.
El señor de Couprat reía, pero Juno se envolvía en una imponente dignidad que no me infundía respeto.
Llego un momento en que me hallé junto a él, mientras que mi prima caminaba delante de nosotros con aire distraído. Noté que él la miraba mucho, y le interrogué con la mayor inocencia de corazón:
—Es muy linda ¿verdad?
—¡Linda, muy linda!—respondiome con una voz tan apagada que me hizo estremecer.
Un presentimiento y una duda atravesaron mi espíritu; pero a los diez y seis años, esa clase de impresiones vuelan y desaparecen, como las mariposas que revolotean en torno de nosotros, así es que estuve lo más alegre hasta el instante en que nuestros invitados se despidieron del señor de Pavol.